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La atracción que sentimos, a tal grado de provocarnos tremendas erecciones, hacia los pechos, caderas, glúteos y demás atributos físicos de una mujer tiene un fundamento que, aunque suene muy animal, es meramente animal. Igual que la mujer busca estabilidad, el hombre busca poder de una u otra manera: intelectual, físico, material. Todo obedece a cuestiones de la perpetuación de nuestros genes. Darwin lo exponía ya hace dos siglos. Se ha hablado todo sobre este naturalista y aún hay para otros mil
años. En el presente texto trataremos de explicar la cuestión expuesta
en el título, y otras más, con el fin de intentar ilustrar la enorme
importancia que el británico ha dejado en el mundo.

Todos asociamos a Darwin con el siguiente enunciado “el hombre evolucionó a partir del primate”.
Esa es la idea. Pero detrás de esto hay toda una teoría que revolucionó
la forma de pensar, en este caso la victoriana, que le tocó vivir a él.
Si planteáramos la pregunta del título en esa era, primero seríamos
condenados y separados socialmente, y después, como buenos “British
Gentlemen”, responderían: “Por designio divino”.
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